Recetas para recuperar el voto socialista

Artículo publicado el 22 de julio de 2014 en eldiario.es

Nunca antes en nuestro país una organización tan grande como la integrada por 200.000 militantes del PSOE había elegido a su líder a través de un proceso abierto en el que cada uno de los votos tiene igual valor. Sería absurdo relativizar el avance que ello ha supuesto para el propio partido socialista y para el sistema democrático, en general. Se abre, pues, un nuevo tiempo y es legítimo hacerlo con esperanza e ilusión. Pero haría mal el nuevo Secretario General en caer en la autocomplacencia. El paso que se ha dado es importante, pero Pedro Sánchez debería ser consciente de que la posición del PSOE ante la sociedad y sus expectativas electorales se encuentran seriamente dañadas como consecuencia de una trayectoria política equivocada que los ciudadanos siguen teniendo muy presente. Estos problemas que el nuevo líder debe atajar para evitar el camino hacia la irrelevancia política son dos: la falta de radicalidad, de audacia, de su discurso y la nula credibilidad de sus dirigentes.

I. Un primer problema que lastra la acción política del PSOE en el actual contexto socioeconómico es la falta de radicalidad de su discurso. Por ser justos, habría que reconocer que no es este un defecto exclusivamente español, sino que afecta al conjunto de la socialdemocracia europea. Lo que sucede es que la crisis ha intensificado el proceso que desde hace años viene desdibujando las señas de identidad socialdemócratas: los recortes del Estado de bienestar, que en momentos tan críticos como los actuales han llevado a cabo o legitimado partidos que se presentan ante los ciudadanos como progresistas, son la mejor prueba de ello. De forma creciente, la socialdemocracia es percibida en Europa como la cara amable del neoliberalismo. Quizá es un reproche injusto, pero desde luego no parece que los socialdemócratas hayan entendido que la crisis y la reacción ante ella son la expresión del desafío del poder financiero a los valores de igualdad, libertad y solidaridad propios de nuestros sistemas democráticos; un envite que exigía respuestas contundentes que no se han producido. Solo así puede explicarse que ante el fracaso de una política de austeridad que ha provocado tanto sufrimiento, el grupo de socialistas y demócratas europeos no haya conseguido superar al de los ‘populares’ de centro-derecha en los últimos comicios europeos.

Centrados ya en España, el resultado cosechado por el PSOE en estas elecciones refleja que los ciudadanos tienen muy presente la quiebra del discurso ideológico que supuso para este partido el apoyo sin fisuras –conviene recordarlo– al giro copernicano de la política económica del Gobierno de Rodríguez Zapatero en mayo de 2010. Pero también que en todo el tiempo transcurrido desde entonces el PSOE ha sido incapaz de recuperar el pulso ideológico –radical, audaz– que en un contexto tan crítico la sociedad le reclamaba. En ese sentido, puede afirmarse que pese a que la Conferencia Política del pasado mes de noviembre supuso un giro a la izquierda, a ojos de la ciudadanía se quedó corto, en parte, por la tibieza de alguno de sus contenidos y, en parte, por la escasa autocrítica realizada. Dos manifestaciones de esa falta de audacia, que también se ve perjudicada por el segundo de los problemas al que se aludía.

II. Desde una perspectiva estrictamente electoral, más grave aún es la falta de credibilidad del PSOE, un problema que tiene distintas vertientes. La primera, la más obvia, es la que afecta a las personas, esto es, a los dirigentes que han gobernado el partido desde el congreso de Sevilla. Recuperar la confianza de los ciudadanos tras la debacle de 2011 era una tarea hercúlea, para lo cual se requería una reformulación del proyecto político y un liderazgo renovado y creíble, con capacidad de conectar con los ciudadanos. En este sentido, fue un error que el que era vicepresidente del gobierno que impulsó la reforma constitucional del artículo 135 presentara su candidatura y fuera elegido secretario general; o que la lista del partido a las últimas elecciones europeas fuera encabezada por la vicesecretaria general sin la celebración de primarias. La ciudadanía sigue sin confiar en el PSOE porque quienes han encabezado el partido en esta última etapa están demasiado vinculados a una gran decepción que quieren olvidar. Una lección que debería tener muy presente el nuevo secretario general a la hora de elegir a los integrantes de la nueva ejecutiva.

En segundo lugar, el problema de credibilidad también tiene que ver con la estructura y funcionamiento del partido. Una cosa es la retórica del discurso de apertura a los ciudadanos y otra bien distinta la realidad. El PSOE es hoy una organización reacia a compartir espacios con otros movimientos sociales y poco proclive a brindar un espacio de participación en su seno a tantos ciudadanos –muchos de ellos jóvenes y con mucho que aportar– deseosos de participar en la vida política. En buena medida, el extraordinario éxito de “Podemos” puede explicarse por su capacidad para canalizar todas esas inquietudes, compromisos y talentos.

En fin, la tercera vertiente del problema de credibilidad atañe a la forma de hacer y entender la política. Por sorprendente que pueda parecer a estas alturas, el PSOE sigue sin comprender que los ciudadanos quieren una clase política distinta que, además de tener vocación de servicio a la sociedad, sea ejemplar. Ese es el único camino para luchar de forma decidida y eficaz por erradicar la corrupción; pero lo cierto es que el PSOE sigue teniendo una actitud demasiado contemporizadora con los casos que afectan directamente a sus dirigentes.

Se abre un nuevo tiempo. De lo que haga el PSOE en los próximos meses va a depender no solo el futuro de este partido, sino también el conjunto de nuestro sistema político y, en buena medida, y esto es lo más importante, de nuestro país. El PSOE ha jugado un papel crucial en la historia de nuestra Democracia desde el final del franquismo. Ha contribuido, más que ningún otro partido, a la creación de los fundamentos de nuestro Estado social y democrático de Derecho. Que lo siga haciendo, desde firmes bases radicalmente democráticas e inequívocamente progresistas, depende solo de él, de su capacidad para llevar a cabo una renovación profunda en su organización y funcionamiento internos y del discurso, auténticamente socialdemócrata, con el que se presente ante una ciudadanía que sigue esperando señales ilusionantes de este partido para volver a darle su voto.

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