De ciudadanos a consumidores

La creciente tensión entre Capitalismo y Democracia, especialmente perceptible en las economías más empobrecidas por la crisis, no sólo produce indignación, también dota de sentido político a lo que en otro tiempo no pasaba de ser una explosión de rabia pasajera. Si las Marchas de la Dignidad son el primer esbozo de esta indignación organizada – con el riesgo que conlleva esta asunción- algunas preguntas planteadas por Pablo Sánchez y Ariel Jerez en este mismo medio (“Partidos, Militantes y Ciudadanos en la Crisis de Representación”) podrían tener respuesta, al menos tentativa.

La diversidad de grupos y banderas visibles en las Marchas y que tanto preocupa a quienes reclaman ya frentes unitarios, ha demostrado ser más una fortaleza que una debilidad organizativa. Las diferencias ideológicas y los matices programáticos de esta diversidad no parecen ser un obstáculo a la reflexión conjunta y a una movilización política eficiente.

Desde la diversidad se empieza a compartir un mensaje concreto: la crisis no se resuelve con más Capitalismo sino con más Democracia. Más allá de diferencias ideológicas, hay una coincidencia básica sobre la necesidad de experimentar formas de participación y representación política más horizontales, transparentes y participativas en economías más justas, redistributivas e inclusivas.

Los distintos Frentes de Liberación Judaica y Ejércitos de Pancho Villa a los que se refieren quienes miran con desdén lo que está pasando, están demostrando tener más inteligencia política y capacidad organizativa de lo que cabría esperar. Nunca antes la izquierda social pudo activar a tanta gente y generar tantas expectativas entre “apolíticos”, “repolitizados” y “despolitizados” agotados por la crisis y las políticas de “no hay alternativas”.

Además se está aprovechando la falta de liderazgos para crecer desde la base y proponer alternativas al modelo de representación política que reduce la democracia al voto. Esta sensación de anonimato que proyectan los indignados da pistas sobre cómo reinterpretar los liderazgos en el futuro y permite experimentar desde la base el inevitable encuentro entre convicción y responsabilidad al que obliga el compromiso político.

La hegemonía neoliberal da ya por amortizado el modelo social europeo y “sus desmesuradas expectativas sociales y sobrecargas presupuestarias”. Desde Maastricht la Unión Europea ha estado más preocupada por ampliar y consolidar el Mercado Único que por corregir la desigualdad que produce, favoreciendo con ello el tránsito desde la Europa de los Ciudadanos a la Europa de los Consumidores.

Siendo el mercado el objetivo principal, si no el único, nada más coherente que considerar al ciudadano, sobre todo, como consumidor. Más que la protección y ampliación de sus derechos sociales, civiles y políticos se busca garantizar el acceso del consumidor a un mercado cada vez más internacionalizado.

Este tránsito se presenta como una cuestión técnica que debe ser protegida del cortoplacismo ideologizado de los Parlamentos Nacionales. La toma de decisiones políticas se traslada progresivamente desde los parlamentos al Sistema de Agencias Reguladoras Independientes que tanto proliferan y que, efectivamente, son independientes de los parlamentos, pero muy permeables a los intereses de las grandes oligopolios en sectores energéticos, farmacéuticos, agrícolas o bancarios.

Con la socialdemocracia apoyando este modelo Europeo y el Partido Comunista Chino haciendo de garante del capitalismo financiero internacional, ¿a quién puede preocupar que se indignen unos cientos de miles de consumidores pobres que viven en países pobres de la periferia europea?

Puede que a nadie… o puede que si. Si la indignación organizada abandona su componente más castizo y es capaz de ofrecer una alternativa a quienes padecen situaciones similares a la nuestra en Italia, Grecia o Portugal, pero también al precariado en Alemania o Reino Unido, y a los jubilados islandeses o irlandeses empobrecidos por quienes utilizaron sus ahorros para promover inversiones especulativas y ruinosas, entonces si, la indignación será una alternativa política.

Una alternativa que tiene que materializarse en respuestas concretas a problemas concretos como la mutualización de la deuda de los países del sur o los costes que implica no pagar la deuda; las ventajas e inconvenientes de una política fiscal netamente europea; la potencialidad de vincular la dimensión social y exterior de la UE para que Europa juegue un papel mucho más activo en la defensa de una globalización más inclusiva y respetuosa con el medio ambiente, las diferencias lingüísticas y culturales o la desigualdad de género. Sólo con respuestas concretas a problemas concretos la indignación habrá llegado para quedarse.

Puede que la indignación organizada termine siendo un Partido Político, tal vez sea lo más sensato. Pero un partido que no aspire a serlo en su acepción tradicional de maquinaria electoral. Un partido que se aleje de designaciones a dedo, de políticos profesionales, de acumulación de poder, de falta de transparencia y responsabilidad frente a un electorado que reclama más participación en la toma de decisiones.

Si lo consiguen, la indignación atemperada por la izquierda parlamentaria y los sindicatos tendrá que decir, y sobre todo, hacer algo al respecto. Muchos de sus votantes y militantes forman ya parte de esta “nueva política”, participando con naturalidad en la construcción de una alternativa que encare de forma serena y decidida algunos asuntos importantes tratados con tanto enconamiento y tanta adrenalina en otras esferas institucionales y mediáticas.

Lo que más desconcertaba a Matrix en su encuentro con Neo es la curiosa capacidad que tienen los que se revelan de generar esperanza. Algo difícil de traducir a lenguaje binario pero que es perceptible y es capaz de sacar lo mejor de nosotros en los peores momentos. ¿Indignación? Igual hay que empezar a buscar otro concepto que defina mejor lo que está pasando,…Conciencia Creativa tal vez?

 

 

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