Debate sobre el estado de la nación: Rajoy tras su máscara

La intervención del Presidente Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación ha servido para que escenifique lo que desde hace meses se viene vislumbrando en muchas de las declaraciones y actuaciones del gobierno que encabeza, y que se resume en dos mensajes: primero, que lo peor ya ha pasado gracias a las duras medidas adoptadas, en contra de su voluntad; y segundo, que ahora hemos entrado en otra fase, de recuperación, en la que van a llevar a cabo su programa deseado.

El problema para el Sr. Rajoy también es doble. De una parte, que las evidencias que demuestran que las medidas adoptadas han sido un completo desastre para la mayoría de la población son muchas y ampliamente conocidas; y de otra, que su gobierno, y él mismo más que nadie, han dilapidado toda su credibilidad e imagen en el tiempo que llevan gobernado. El mensaje, por tanto, no cuela, y tan solo permite comprobar, una vez más, su desparpajo a la hora de fabular una realidad a su medida.

Como a los malos ilusionistas o trileros, al Presidente se le ve el truco. Ni las medidas adoptadas eran necesarias, ni las únicas posibles, ni han dado resultados positivos, ni ha comenzado la recuperación plenamente (no será así hasta que la perciban los ciudadanos), ni por supuesto este gobierno tiene intención de modificar su estrategia política de fondo, que se sustenta en unos valores profundamente reaccionarios y la persecución de unos objetivos coherentes con esos valores.

Por cada nueva medida o actuación que apuntó en el debate el Presidente, es posible encontrar otra u otras que ha acometido en estos últimos dos años y que pone en cuestión su discurso. Rajoy, tras su máscara.

En efecto, el Presidente Rajoy es el responsable último de una reforma laboral que ha consagrado la precariedad, facilitado el despido y otorgado un poder casi absoluto a los empresarios; de reducir la cobertura y cuantías de las prestaciones por desempleo; de condenar a nuestros mayores a pensiones menguantes; de imponer una reforma de la educación ineficaz e ideológicamente muy sesgada; de promocionar la sanidad privada frente a la pública; de los copagos y repagos sanitarios; de la amnistía fiscal a los defraudadores; de una ley de seguridad ciudadana que criminaliza a los ciudadanos; de una retrógrada propuesta de reforma de la ley del aborto; de la subida del IVA; por citar tan solo algunas de las medidas más conocidas.

Además, el Sr. Rajoy es el máximo responsable de un partido carcomido por la corrupción, alguno de cuyos casos más conocidos han dejado en evidencia a altos cargos del mismo y a sus mecanismos cotidianos de gestión, y sobre lo cual los ciudadanos siguen esperando una explicación adecuada y medidas mucho más contundentes que las que ha abordado, a todas luces insuficientes.

En el pasado Debate, el Presidente se recreó en su intervención. Era lo previsible, para “vender” el supuesto cambio de etapa. Pero frente a esa calculada y oportunista exposición mediática, tras esa máscara, en la memoria colectiva siempre persistirá la imagen real de este mismo Presidente escondido detrás de una pantalla de plasma, en un momento en el que los ciudadanos reclamaban en la calle explicaciones y actuaciones contundentes frente al continuo conocimiento de comportamientos censurables en el corazón de su Partido Político. No hay Ley de Transparencia o propuesta de Plan de Regeneración Democrática capaz de borrar esa imagen ominosa y que pueda resultar creíble.

Todo ello conjuntamente (es decir, su acción de gobierno, deliberada y voluntaria) ha determinado que hoy haya en España un millón de puestos de trabajo menos que cuando el Presidente Rajoy asumió las tareas de gobierno. A lo que se ha de añadir el imparable aumento de la desigualdad y de la pobreza, la marcha de muchos trabajadores de España, hartos por no tener esperanza de encontrar empleo, y el surgimiento de importantes grietas en el funcionamiento de nuestra democracia y en la propia convivencia colectiva.

El miércoles,  nada más finalizar el debate, el Presidente Rajoy dijo en los pasillos del Congreso: “Hemos hecho reformas estructurales, de las que quedan para siempre”. Aunque en sentido opuesto al que él quería dar, ocurre que esa frase resulta bastante cierta. Su acción de gobierno ha socavado, sin complejos, los pilares de la mayoría de los sistemas clave de una sociedad avanzada (laboral, fiscal, social, político y democrático), provocando una verdadera involución económica, política y social. Esa es la gran responsabilidad del gobierno de Mariano Rajoy, sencillamente porque esa es la esencia de su apuesta estratégica para nuestro país.

La dimensión real de la acción de gobierno del PP es esta. Y precisamente esta es también la enorme dimensión del reto del partido que suceda en el gobierno al PP: revertir muchas de las reformas estructurales que nos han impuesto a lo largo de estos años -y que seguirán imponiéndonos hasta el final de su mandato, pese al conocido maquillaje preelectoral-, devolviendo a nuestro país a la senda de progreso que merece.

Bueno será que quienes aspiren a ello se pongan ya manos a la obra con un programa político a la altura y con compromisos y personas capaces de convencer a la ciudadanía. Esa, y no menor, es la expectativa que tenemos muchos ciudadanos y ciudadanas, y ese es el nivel de exigencia con el que vamos a medir los pasos dados por esas fuerzas políticas.

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