Romper con el pasado

Artículo publicado en El País el 8 de diciembre de 2013

La polémica suscitada en las últimas semanas con ocasión de la publicación de los libros de memorias del expresidente Zapatero y del que fuera ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, dan pie a la reflexión sobre la trayectoria del PSOE en los últimos años, su situación presente y su futuro. La información desvelada en esos libros y las valoraciones realizadas por quienes protagonizaron momentos decisivos de la historia reciente de nuestro país generan desconcierto en muchos ciudadanos; pero los votantes y simpatizantes del PSOE se encuentran particularmente cargados de razones para formular dos críticas severas.

La primera de ellas tiene que ver con el enfrentamiento entre Solbes y el que fuera primero director de la Oficina Económica del Presidente y después ministro de Industria, Miguel Sebastián, a quien públicamente ha apoyado David Taguas, su sucesor al frente de ese organismo. Lo relevante no es que esta agria disputa entre profesionales cuya valía nadie debería cuestionar tenga algo de vanidoso por su carácter esencialmente personal, sino que, más allá de las discrepancias técnicas y solapamientos funcionales que pudieron existir entre ellos, su concepción de la política económica —incluyendo las esferas fiscal, industrial y sociolaboral— tiene muy poco que ver con la que se refleja en el documento aprobado por los socialistas en la reciente conferencia celebrada. Sirva como ilustración el entusiasmo que comparten los tres ex altos cargos por el contrato único, una medida expresamente rechazada en esa conferencia.

Todo lo cual sirve para afirmar que, pese a sus enconadas divergencias, ni Solbes ni Sebastián (ni Taguas) representan las soluciones progresistas, socialdemócratas, firmemente comprometidas con la redistribución de riqueza y las instituciones del Estado de bienestar, que el PSOE dice defender.

La segunda crítica se refiere a la famosa carta que el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, y el gobernador del Banco de España, Miguel Fernández Ordóñez, remitieron al presidente Zapatero en agosto de 2011. Mucho se ha escrito ya sobre un hecho que por su trascendencia y singularidad será objeto de estudio durante años en nuestras facultades de ciencia política y de derecho. Desde luego, sorprende —hasta la indignación— el contenido de una misiva dirigida a un presidente del Gobierno elegido por los ciudadanos de un país soberano por parte de quienes ocupaban cargos públicos, sí, pero cuya legitimidad democrática no era en absoluto comparable. Y al mismo tiempo decepciona profundamente la reacción de un gobernante, antaño hábil y valiente para conectar con la opinión pública y ejercer su liderazgo, que en ese momento se vio preso de un celo casi antidemocrático.

Pero desde la perspectiva del PSOE, y de su futuro, lo más relevante es que el presidente Zapatero haya aprovechado la publicación de esa carta para reivindicar su paternidad sobre la polémica reforma del artículo 135 de la Constitución. De esta forma, se da la paradoja de que un gobernante socialista pasará a la historia de España por impulsar un cambio constitucional que socava el carácter social de nuestro Estado y que legitima las devastadoras recetas económicas ante la crisis; unas recetas, inauguradas en mayo de 2010 e intensificadas hasta la asfixia a partir de 2012, que se basan en una austeridad a ultranza y que son insensibles ante el desempleo como principal manifestación del dolor social.

En los próximos meses el PSOE afronta una convocatoria electoral importante, las elecciones al Parlamento Europeo, pero sobre todo un novedoso proceso de primarias que probablemente marcará su futuro como partido progresista y como actor esencial de nuestro sistema democrático.

Buena parte del éxito o fracaso de esta renovación del liderazgo dependerá de la capacidad del partido para recuperar la credibilidad perdida. Para ello es indispensable reivindicar las señas de identidad con las que los socialistas parecen haberse reencontrado; esas que identifican la cohesión social y la igualdad de oportunidades como pilares de una política que da sentido a la acción colectiva. Pero también urge desmarcarse con humildad y rotundidad de los graves errores cometidos en última etapa de gobierno. Es cierto que seguramente esto lastra las aspiraciones que pudieran tener quienes participaron de forma destacada en el Ejecutivo de Zapatero. Pero si el PSOE quiere construir un futuro de progreso es imprescindible romper con ese pasado.

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