Alemania y las instituciones europeas, ¿se debilita el diktat de Berlín?

Artículo publicado en El País el 18 de noviembre de 2013 

En las últimas semanas se han producido varias noticias y anuncios en Europa que parecen sugerir que la hegemonía monolítica germana en la economía política del Euro está perdiendo peso. O al menos que tras más de tres años imponiendo las manidas recetas alemanas de salida de la crisis -política monetaria rígida, austeridad fiscal, bajos salarios, crecimiento de las exportaciones -otras voces alternativas comienzan a ser escuchadas con fuerza en Bruselas y Frankfurt.

En primer lugar, a principios de noviembre el BCE publicó un informe apoyando la propuesta de la Comisión Europea, frente al gobierno alemán, favorable a un mecanismo centralizado de resolución bancaria respaldado por un fondo europeo también centralizado y que cubra todos los bancos de la Eurozona. Las disputas sobre el diseño y poderes de la Unión Bancaria –especialmente el mecanismo de resolución y los fondos de liquidación -llevan casi dos años enfrentando a Alemania con Bruselas y el resto de estados miembros, y empantanando su puesta en marcha. Ahora parece claro también que el BCE no se alinea con Alemania en el punto clave de la incorporación de sus pequeños bancos regionales a la Unión Bancaria, que Berlín quiere excluir. Conviene recordar que la crisis financiera no ha sido principalmente provocada por los grandes bancos sistémicos europeos, al contrario, fueron entidades más pequeñas como las cajas españolas, el Anglo-Irish Bank irlandes o Laiki en Chipre los que han hecho temblar el sistema, sin olvidar las enormes ayudas encubiertas que han recibido los propios bancos regionales alemanes.

La postura del BCE alineándose con Bruselas deja a Berlín más aislado que nunca en relación a la Unión Bancaria. Todo ello a solo escasas semanas del Consejo Europeo de diciembre en el que se debe llegar a un acuerdo definitivo sobre el tema, de lo contrario se produciría probablemente un retraso de un año en su puesta en marcha, por las elecciones al parlamento europeo en 2014.

En segundo lugar, el 7 de noviembre el BCE anunció su comentada bajada de tipos de interés al 0,25%, con el voto en contra de los representantes alemanes y sus países satélite. La mayoría de los analistas coincidían en la necesidad de la medida, en vista de la caída de la inflación trimestral del 1,1 al 0,7%. Es decir, con el IPC de la Eurozona por debajo de la mitad del objetivo del BCE del 2%, no existe actualmente riesgo inflacionario, más bien se acerca peligrosamente a una deflación a la japonesa. Aunque, el escenario más probable es un largo periodo de débil inflación por debajo del 2% y muy bajo crecimiento. En este contexto, no es fácil entender las razones de los representantes germanos en el Consejo del BCE contra esta bajada que tendrá efectos moderados al estar los tipos ya tan cerca del límite inferior del 0, pero que provocará una devaluación del Euro positiva para las exportaciones.

El temor alemán no yace en un repunte de la inflación, sino en que con esta decisión el BCE prácticamente agota los instrumentos tradicionales de política monetaria. Se acerca así la posibilidad de que adopte medidas más agresivas y menos convencionales, como las quantitative easing o compras masivas de deuda pública llevadas a cabo por la Reserva Federal o el Banco de Japón. Este último escenario representa un auténtico anatema para la ortodoxia económica alemana.

Finalmente, quizás el anuncio políticamente más doloroso, aunque menos relevante para el gobierno de Merkel, ha sido la advertencia formal de Bruselas a Alemania por no hacer lo suficiente para equilibrar su excesivo superávit comercial, con medidas de estímulo a la demanda que hagan crecer las importaciones procedentes de los países de la periferia. Se impulsaría así una salida más rápida y menos traumática de la crisis que las actuales devaluaciones internas. Esta crítica ya fue adelantada en septiembre por el Tesoro americano que acusó a Berlín nada menos que de hacer peligrar el crecimiento global.

Es bien sabido que los desequilibrios en las balanzas exteriores entre Alemania y los países periféricos están entre las causas estructurales que provocaron las burbujas financieras y altos endeudamientos en estos últimos. De ahí que corregirlas sea esencial para prevenir crisis futuras. El superavit comercial de Alemania con sus socios europeos se ha reducido notablemente desde 2009 hasta niveles razonables, pero se ha producido fundamentalmente por la caída de las importaciones procedentes de la zona euro. Como bien señala el FMI en su último informe de Perspectivas Económicas Mundiales, son básicamente factores estacionales los que explican la corrección del superávit comercial germano, por lo que éste podría volver a aumentar de forma importante en el futuro si la periferia muestra signos de recuperación.

La reversión de los desequilibrios comerciales dentro de la zona euro se facilitaría mucho si Alemania estimulara su demanda interna -con medidas como un salario mínimo o una política fiscal algo más expansiva – y empujaran ligeramente la inflación doméstica. Una inflación tan baja dificulta enormemente a los países de la periferia reducir sus niveles de endeudamiento y ganar competitividad en la Eurozona, que debe hacerse a costa de mayores devaluaciones salariales. Si por el contrario Berlín aceptara subidas de precios cercanas al 3%, la periferia podría mejorar su competitividad simplemente manteniendo la inflación algo más baja, que es la vía como Alemania lo hizo en los 2000. Los esfuerzos que se piden a Alemania no cuestionan su exitoso modelo económico basado en la exportación, pero sí requieren cierta flexibilidad pues en una unión monetaria la estrategia de devaluación competitiva permanente termina por empobrecer a todo el conjunto.

Las críticas contra el gobierno alemán por su política europea no son nuevas, pero la diferencia esta vez es que provienen de las mismas poderosas instituciones comunitarias que marcan la política económica en la Eurozona siguiendo hasta ahora los dictados de Berlín. En el caso del BCE se ha notado la llegada de Mario Draghi, mucho menos inmovilista que su antecesor. Esto se comprobó con el anuncio de hace un año de hacer lo que fuera necesario para salvar al Euro, que provocó ya fisuras (y una demanda) con influyentes economistas germanos. En Bruselas no hay caras nuevas por lo que el cambio de actitud responde posiblemente al fracaso de la actual estrategia de ajuste asimétrico, que ahoga al máximo a la periferia, mientras Alemania no mueve un dedo por sus vecinos.

El euro no representa solamente una unión monetaria, si no un gran proyecto político compartido, que requiere responsabilidad y cuentas públicas saneadas de unos, pero también solidaridad y arrimar el hombro de otros. Es bien sabido que en Europa no se pueden tomar decisiones contra la opinión de Alemania. Pero por suerte, estos últimos tiempos nos ha dejado algunas señales de que la UE y sus instituciones tampoco son meras marionetas al servicio de los intereses de Berlín.

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