La política puede cambiar el mundo y someter a los mercados

Las consecuencias de la desregulación de los mercados financieros han puesto negro sobre blanco los desequilibrios entre el poder político y el poder económico en las democracias avanzadas. Tras la explosión de la crisis de las hipotecas sub-prime en EEUU ha quedado patente hasta qué punto las normas estaban escritas bajo el paraguas ideológico de la revolución conservadora de los años 80. Ahora sabemos que el mantra de “el Estado es el problema…” en realidad configuraba un sistema en donde los contribuyentes asumíamos los riesgos de mercados desregulados para que los beneficios fuesen privados y las perdidas colectivas.

En España, el hundimiento de las cajas de ahorro, los escándalos de las preferentes o el rescate a la banca nos ha demostrado cómo durante décadas el Estado brilló por su ausencia a la hora de supervisar, controlar y gobernar a los mercados. Por eso, la crisis, al margen de las consecuencias económicas, nos deja un problema político de primer orden: para muchos ciudadanos, la política ha perdido credibilidad como mecanismo para resolver los principales problemas de nuestra sociedad.

La ciudadanía no cree que el poder esté en manos de los políticos. Según el CIS, gran parte de los españoles cree que las grandes empresas y los bancos tienen más poder que el Gobierno, el Parlamento o los partidos políticos (véase gráfico 1). Estos datos son de noviembre de 2010, una vez que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ya había emprendido su giro de 180 grados abandonando su “salida social” de la crisis por imposición de los mercados. Un cambio que para muchos ciudadanos plasmó con claridad los límites del poder político y el músculo del poder económico de nuestro tiempo, pues un gobierno pionero en la promoción y la protección de los derechos sociales blindaba, sin pestañar, los niveles de gasto público para enviar una “señal a los inversores”.

La pérdida de confianza de la política puede también verse reflejada en la incapacidad de la política para “gobernar”. Es decir, para llevar a cabo un programa político de forma independiente. Así lo muestran los datos de la Fundación Alternativas que desde el 2008 viene realizando una evaluación de la democracia en España en donde expertos evalúan (con una nota del 0 al 10) varios aspectos de nuestro sistema político. En el gráfico 2 puede verse cómo la evaluación que éstos hacen de la capacidad del gobierno para solucionar los problemas fundamentales de los ciudadanos, así como su independencia respecto al poder económico ha caído casi ininterrumpidamente desde el comienzo de la crisis. En el 2013, las notas no superan el aprobado.

Estas percepciones ponen en tela de juicio a la política como herramienta para gobernar nuestro propio destino. Para cambiar el mundo. Ponen en entredicho, en definitiva, que el poder político, fundado en principios democráticos, pueda atender a los intereses de la mayoría frente al poder de los inversores, de los bancos, de las finanzas… del dinero. Permitir que se subvierta este principio vaciaría nuestra democracia, donde la igualdad política claudicaría ante la desigualdad económica.

En Líneas Rojas creemos que la socialdemocracia del siglo XXI no puede renunciar a la política. Los progresistas no podemos asumir las tesis de la tecnocracia ni el actual desencanto con “los políticos”. Gobernar no es entorpecer a los mercados. Gobernar es establecer reglas de juego en donde la libertad puede conjugarse con la eficiencia, la equidad y la igualdad de oportunidades. En contra de los privilegios y las desigualdades.

Es necesario recuperar la iniciativa y el liderazgo de los principios socialdemócratas. Probablemente revisando los medios, pero apuntando a los mismos fines. Porque la política puede cambiar al mundo y someter a los mercados.

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