Algunas reflexiones sobre el inquietante caso de la Fundación Ideas

Aún cuesta creerlo y da rabia y grima. Unos cuantos compañeros andamos todavía con el estómago encogido y con mal cuerpo.

¿Por qué este tipo de comportamientos en personas que se convierten en imprescindibles son inevitables en política?

Esto parece un ejemplo embrionario de lo que luego son los grandes escándalos en la clase política. Un político joven y brillante con todo por delante y fuertes ingresos simplemente quiere más y poco a poco va dando pasitos, y ves que no pasa nada y que te encubren, o miran para otro lado o simplemente no ven, porque tú eres el que manejas la información y los sistemas de control.

En treinta años tienes un puesto de responsabilidad política, puede que seas representante electo  (¿senador?), la organización te debe cosas, y has acumulado además un curriculum de corrupción y enriquecimiento ilegítimo inaceptable y probablemente criminal. ¿Nos suena?

¿Cómo se vive esto en una organización política? Se me ocurren algunas opciones.

El que sabe, denuncia automáticamente porque no cabe otra posibilidad; piensa en el coste para la organización y en la incompatibilidad con sus valores y los de la organización.

El que sabe, puede también evaluar costes futuros, calcular trayectorias posibles en el partido y callar. Mejor no significarse, otros lo saben y nada dicen. Protestar puede acabar con aspiraciones y carreras prometedoras a cambio de nada que no sea una satisfacción moral agridulce.

El que sabe también puede llegar a entender que son males necesarios en la organización y que  nunca se podrá evitar del todo la presencia de estas personas con discursos y prácticas moralmente incompatibles entre sí. Son parte del sistema y sin ellos y sus habilidades la cosa no funciona. Son útiles y hay que asumir los costes que representan. C´est la vie.

Finalmente puedes tolerar, disfrutar de las ventajas, y callar; y una vez comprometido el pastel aducir ignorancia, fingir indignación y hablar de mano dura y otras que han de aguantar velas -cada uno la suya para más señas-.

La corrupción, el nepotismo y la inmoralidad investida de legalidad o alegalidad tienden a ser comentadas en los medios como una cuestión estructural, propia de maquinarias organizativas viciadas y con holguras que sin esos elementos no funcionarían. Una sociedad civil madura y una opinión pública informada tiene que ser crítica con estas razones, pero también debe valorar la dimensión individual de las acciones y preguntarse cómo se imbrican en una estructura de partido, entre correligionarios, compañeros, familiares y, sobre todo, en la propia conciencia.

En este orden de cosas, estas son algunas cuestiones sobre las que todos debemos reflexionar a la luz de este y otros casos:

¿Qué hace a alguien dar el paso y cruzar la línea roja? ¿Cuándo los costes personales y profesionales se diluyen y se perciben como menores que los beneficios?

¿La corrupción es una especie de path dependence en el ADN de la infraestructura de los partidos -todos lo hacen y pillan a pocos y con un coste moderadamente bajo penal y social?

¿Cuando empiezas te planteas que es sólo una vez, o se convierte en un modus operandi a lo largo de una carrera profesional?

¿Qué tipo de sanción haría plantearse dos veces este tipo de prácticas?

¿Cómo detectar que la agenda personal de un cargo de partido empieza a condicionar la agenda profesional y política?

¿Existe la percepción de que las normas comunes no fluyen para los que paladean el poder en mayúsculas?

Tocar el poder de cerca y codearse con las luminarias de la política mundial puede desestabilizar las glándulas de la modestia y la justa medida de las cosas, lo mismo que estar en un consejo de administración de una Caja, sin saber nada de gestión, y poder fijarte tú mismo tus propias remuneraciones de delirio, porque “todos lo hacen”.

¿Cabe una respuesta alla Amstrong después de años de fraude: “Lo siento me he equivocado”?

Algunas respuestas a estas preguntas las hemos encontrado aquí, en un experimento psicológico sobre la percepción del poder y la que podríamos llamar la “desviación ética” acerca de la realidad.

http://www.economist.com/node/15328544

Es grave que el director de una fundación ignore la existencia material o no de una colaboradora; es preocupante que todo haya sido un aparente juego literario por parte de una persona de su confianza, pero la cuestión de fondo es la que nos debe hacer pensar que esto no funciona.

¿Por qué nadie preguntó en la Fundación Ideas por la relación calidad-precio? Si se pagaron las cantidades que dice la prensa, 3000 Euros por un artículo de 5 páginas sobre cine africano, es un insulto a la decencia: son casi cuatro salarios mínimos interprofesionales. Calculen ustedes cuantas prestaciones por desempleo de 426 € salen. Con seis millones de parados a día de hoy, tenemos que empezar a calcular con las escalas de estas personas, y no con las de los que tenemos el privilegio de trabajar, que tendemos a mirar hacia arriba, para ubicarnos en la vida, y no a nuestro alrededor.

En muchas fundaciones asociadas a organizaciones políticas es costumbre el sobreprecio, las partidas astronómicas sobre conceptos absurdos o simplemente opacos -”otros gastos”. Esto deslegitima en el caso de Ideas a  la compañera Soraya Rodríguez sobre la dimensión ética y moral de contratar a “gente afín”.

A priori no es reprochable, y más bien lógico, siempre que el servicio resultante sea el mejor al mejor precio. La Fundación Alternativas, próxima al mismo partido, es un buen ejemplo de cómo ofrecer una producción de ensayos y estudios seria y rigurosa con colaboradores muy cualificados y una producción y difusión del conocimiento de gran calidad.

Se debe auditar la actividad y la producción de las fundaciones de los partidos, mas allá de la supervisión ineficaz y tolerante que hace el Ministerio de Cultura.

Toda esta cuestión está en la misma línea que los informes surrealistas que encargaba la Generalitat en tiempos del Tripartit. Es el mismo dinero público pero mucho menos transparente, porque hasta el día de hoy los partidos –y, en buena medida, sus ramas sin ánimo de lucro- siguen siendo arcanos indescifrables para los ciudadanos.

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