Deconstruir la crisis, construir realidad, una tarea desde abajo

Hace unos diez se viene desarrollando en el análisis político internacional, un concepto que permite explicar cómo algunos fenómenos se convierten en referentes de la política de los países y justifican el desarrollo de medidas excepcionales. Este se denomina el proceso de “securitizacion”. Un concepto muy en boga en los estudios de las nuevas amenazas a la seguridad.

Con la securitización los académicos, explican cómo se constituyen las amenazas a la seguridad nacional, como estas se convierten en prioridades políticas que se defienden en el discurso político y finalmente en medidas excepcionales que se justifican para afrontar las susodichas amenazas.

El análisis resulta muy interesante si se aplica al caso español.  A la forma en la que se enfrenta la crisis. La crisis se ha convertido en la mayor amenaza de los últimos años,  una amenaza que va mas allá de la seguridad entendida en términos convencionales.  La mayor parte del discurso político actual y de la opinión pública gira en torno de ella, y  se ha construido en el discurso como una entidad única, la crisis lo justifica todo. Sin considerar que la crisis es un fenómeno complejo con múltiples aristas, y variadas causas y consecuencias.

Hoy por hoy, la crisis, se considera la principal amenaza a nuestra forma de vida, los ciudadanos le temen a sus efectos tanto como podrían temer a un depredador que les acecha. Y desde luego vistos sus efectos no es para menos. Así pues, la amenaza, “latente”, de que la crisis perdure permite que el gobierno justifique medidas excepcionales para afrontarla. Recortes sociales sin precedentes, regresivos procesos fiscales, o cambios en la estructura de las instituciones de la democracia y agresiones directas al ejercicio de la ciudadanía.

Lo que resulta más curioso y lo que revelan las medidas tomadas es ¿qué es lo que los decisores políticos actuales consideran una amenaza y por tanto debe modificarse? Las amenazas están ampliamente ligados a nuestra auto consideración, es decir a la forma en la que nos definimos a nosotros mismos. Una amenaza es por tanto algo que atenta contra “nuestra forma de ser” “nuestra forma de vivir” o lo que queremos ser.  Y allí se revela que tras el trasfondo de la amenaza “crisis” que justifica la política subyace un enemigo más feroz aun para el Partido en el poder, el estado de bienestar.

Las políticas de excepción que se toman en función de una amenaza concreta, revelan en su trasfondo una determinada forma de entender el mundo y como “debería” ser. Aquí es cuando se confirma que las medidas que se toman en España tienen un amplio sesgo ideológico, porque lo que subyace a ellas es una identidad  que considera que nos encontramos en esta situación por alejarnos de un modelo que sea premiado y reciba el beneplácito de los mercados.  La amenaza por tanto no es la prima de riesgo, ni el rescate como tal. La amenaza es un sistema político basado, no en la competencia, sino en la igualdad y en la solidaridad.

Resulta por tanto más importante que nunca preguntarse y preguntarle a los decisores políticos y a los políticos de la oposición si tiene sentido, seguir repitiendo y reconstruyendo sobre un discurso que en el fondo legitima el temor al estado social que habíamos construido a través del consenso . Si no haría falta, no solo oponerse a las medidas, sino redactar una lectura diferente de la crisis que castigue los excesos, que proponga salidas constructivas y que sobre todo “des-securitice” el bienestar y “securitice” la protección de los ciudadanos frente la especulación y la corrupción que son las verdaderas amenazas. Al final de cuentas los sistemas financieros son una ficción, una invención que reside en la virtualidad de las cifras, los ciudadanos por el contrario, son realidades materiales.

Tal como lo sugiere George Lakoff, en su conocida obra, “No pienses en un elefante” y aunque sean muchos sus detractores y bien argumentados. El problema del discurso del progresismo, radica en hacerle el juego a un concepto cuya misma aceptación implica aceptar la visión del mundo de la contraparte. No está muy lejano de la idea que subyace a la securitización, dado que la amenaza construida por los discursos dominantes, se toma la totalidad del espacio discursivo y elimina del mismo las versiones alternativas de comprensión de la realidad. No nos extraña entonces la falta de mensajes nuevos, de lecturas diferenciadoras, de soluciones alternativas por parte de la oposición.

Qué remedio queda ante esta deliberada manipulación de la realidad, y sobre todo del futuro. Básicamente asumir el proceso contrario al que nos trajo aquí, es decir “deconstruir” lo cual significa básicamente, volver hacia atrás, enrollando la madeja de los acontecimientos para llegar a las causas últimas de aquello que se presume una amenaza para enfrentarlo  en sus orígenes y demostrar que la “verdad” siempre es una percepción y como tal depende de con que ojos se vea y especialmente, con que palabras se exprese.

Los ojos y las palabras de la calle, de los procesos desde abajo, de la construcción social del disenso como expresión política, esos son los llamados a deconstruir.  Porque no es solo el contenido del discurso lo que debe ponerse en cuestión, sino la misma formulación y la legitimidad del poder de crear discursos, como ya lo propusiera el “subversivo” Michel Foucault.

Vienen tiempos de cambios, muchas cosas están en juego, pero al final de este juego esperamos que el proceso de desentrañar la verdad se sobreponga a la necesidad de proteger las siglas, y de recrear amenazas para pocos, en lugar de soluciones para muchos.

Erika M. Rodríguez Pinzón

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