Catalunya, el ddd

El “día de después” (ddd), aunque parezca que todo sigue igual, nada es ya lo mismo que el día de antes. Y si no que se lo pregunten al Sr. Mas, presidente en funciones de la Generalitat, que el día de antes (de las elecciones que él adelantó), seguramente más por pasión cegadora que por razón iluminadora, pensaba que el día de después su sueño, ambiguo, como suelen ser los sueños, comenzaría a hacerse realidad. Y es que cuando uno despierta de su propio sueño y se enfrenta con la realidad puede acabar descubriendo que el gran error está en pensar que la realidad se puede transformar (retorciéndola) a la medida de nuestros sueños. Pero la realidad es tozuda. Y los sueños, maleables, siempre acaban plegándose a la realidad.

El Sr. Mas debería reconocer que ha fracasado. Así de simple. Como líder de un partido que gobernaba con holgada mayoría y que podía seguir haciéndolo durante dos años más, su apuesta ambiguamente quimérica acabó devorándolo. Su partido ha quedado maltrecho. Miles de personas guiadas por “el mesías” descubren, de pronto, que este no conoce el terreno por el que se mueve con tanta aparente seguridad. Huye de los líderes que se presentan como salvadores o redentores es la lección que un buen demócrata debería conocer de memoria. Un buen líder, en democracia, nunca puede ser un iluminado. Un ebrio de poder capaz de poner a su pueblo a los pies de sus delirios.

La ruptura del equilibrio, frágil, de la sociedad catalana se ha puesto de manifiesto en el ascenso, espectacular, de los dos partidos políticos más beneficiados por el debate generado. Si de decidir a favor o en contra de la independencia se trataba, lógicamente, quienes tuvieran una postura más clara al respecto habían de ser los ganadores, en términos relativos, de las mismas: ERC y Ciutadans. Los primeros porque, sin ambages, dejaron claro que ellos lo que quieren es eso: la independencia de Catalunya. Y los segundos porque, con idéntica claridad, se manifestaron en pos del mantenimiento de Catalunya dentro de España.

El Partido Popular aguantó el tirón, lo que estando en el Gobierno del Estado y con la que está cayendo, no es poco; incluso, mejoró algo sus resultados. Seguramente, en parte, porque también su discurso, al igual que el de Ciutadans, era diáfano, al menos, en lo relativo a su postura sobre la unidad del Estado.

El crecimiento de ICV-EUiA, no despreciable, tiene que ver con su afán por hablar de lo importante (la crisis económica, los recortes y ajustes, el deterioro de la cobertura social, el desempleo, etc.), dejando los fuegos de artificio para los incendiarios.

La irrupción de CUP responde claramente a aquella disyuntiva de la claridad frente a la ambigüedad. Lo suyo, la independencia, fue premiado con un buen puñado de votos.

Y el PSC, mientras tanto, contempla, ¿impávido?, cómo se derrumba todo a su alrededor, pensando que los que se caen son algunos edificios de al lado, sin darse cuenta de que es el suyo propio el que peor aguanta el terremoto. Más vale que lo descubran pronto, y refuercen sus cimientos, para conseguir, de nuevo, volver a ser el partido que Catalunya y España necesitan. Por el bien de todos, confiemos en que el PSOE ayude a esa labor de reconstrucción. Para ello, resultará imprescindible recordar y actualizar sus señas de identidad, sin olvidar que entre ellas nunca se encontró el nacionalismo, ni de un signo ni de otro. El federalismo puede ser la respuesta adecuada a estos interrogantes, pero conviene que se explique bien, que se desmitifique el término, que se desdramatice el debate. Y, en todo caso, su apuesta en una campaña electoral nunca debería centrarse –casi exclusivamente- en algo así, por muy importante que sea, sobre todo, cuando hay otras cuestiones que lo son mucho más: desempleo, crisis económica, ajustes y recortes de prestaciones sociales y derechos individuales, etc., etc.

Los sueños se parecen mucho a las pesadillas. Están fabricados con el mismo material. Los grandes líderes, aquellos que merecen de verdad ese apelativo, son los que menos sueñan. Son aquellos que conocen bien la realidad (social, política, económica, cultural, etc.) en que se mueven, en su caso, para transformarla, a partir de un análisis serio, riguroso, desde la ponderación; o, ¿por qué no?, para mantenerla, en su frágil equilibrio, cuando ello sea oportuno o conveniente.

Nada peor que un líder que nos lanza a la persecución enfervorecida de su propio sueño, haciéndonos creer –o intentándolo- que ese sueño suyo, tan propio, representa el sueño de toda una nación. Y es que cuando una nación sueña las mujeres y hombres que la habitan pueden ponerse a temblar. Que cada uno sueñe lo que quiera o pueda, pero que nuestros líderes políticos se dediquen a lidiar con la realidad, para conservarla o transformarla, desde la razón.

Antonio Arroyo Gil

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