¿“ALGUNAS” ÉLITES EMPIEZAN A TENER MIEDO?

De la economía financiera, a la economía real. De la economía real, a la sociedad. De las grandes cifras macroeconómicas, a la realidad microsocial. De la avalancha de las estadísticas, a los testimonios de primera mano de los que más sufren la crisis y los recortes. De la desorientación individual, a la movilización colectiva. Cinco años después, lo que empezó como una crisis de origen financiero en Estados Unidos, se ha convertido en un “estado” de emergencia social -con una destrucción masiva de empleo, con el empobrecimiento de las clases medias y bajas, con un alarmante aumento de la desigualdad y de la exclusión social- en los países del sur de Europa; mientras el estancamiento económico amenaza a los países del norte y el antieuropeísmo se extiende por el viejo continente.

La receta de la austeridad extrema se está revelando ineficaz -tanto por sus dudosos efectos directos, como por sus peligrosos efectos colaterales-, para luchar contra la crisis (como incluso, desde los sectores económicos más ortodoxos, se empieza a reconocer).

En un interesante artículo (“La ceguera de nuestras élites”), el economista Antón Costas atribuye la (equivocada) perseverancia en las políticas de austeridad extrema a la “ceguera de las élites”. Costas distingue cuatro tipo de élites y, por ende, cuatro tipo de razones que llevan a esa ceguera: a) dirigentes europeos que están embriagados por la ideología; b) altos funcionarios de organismos que, ante la contundencia de los datos, prefieren mirar para otro lado, bien por desidia o bien por comodidad; c) empresarios que ven en la reducción de los costes laborales una vía rápida para aumentar su competitividad y d) altos directivos de corporaciones y élites financieras a los que sólo les mueve la defensa de sus intereses. Pero, como apunta el autor, todas esas élites tienen algo en común: han roto “los lazos emocionales con las clases medias y trabajadoras”, lo que las hace totalmente insensibles “respecto a las consecuencias de unas políticas que derrumban la esperanza de la mayoría de la gente en el futuro”.

Algo sobre lo que, mucho años antes, ya alertó el historiador Christopher Lasch. En 1996 se publicó, a título póstumo, La rebelión de las élites y la traición a la democracia. En él, Lasch, describía cómo las élites (directivas, intelectuales y profesionales) se habían desligado -en un contexto marcado por la globalización y los adelantos tecnológicos- del resto de la sociedad, aislándose en su propio entorno de bienestar en el que se identifican mucho más con las clases privilegiadas de otros lugares, que con los ciudadanos de su país. Al producirse ese distanciamiento, explicaba el historiador, las élites abandonan a la clase media, dividen a la nación, traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos; siendo, además, incapaces de sacrificar sus intereses personales por un bien común (pese a predicar en público unos valores, como la austeridad, que no practican en su vida privada).

Si bien la “ceguera” de esas élites -al intentar socializar de la manera más rápida posible las pérdidas producidas por el capitalismo financiero y evitar un cambio de las reglas del juego-, puede llevar a los “perdedores” (quienes, por otro lado, van creciendo en número) a cohesionarse en su lucha contra esas élites. El británico Guy Standing apunta en The precariat. The new dangerous class (publicado en 2011) a que todas esas personas que han ido engrosando (al calor de la globalización y, de forma acelerada, en la actual crisis) las filas de la precariedad (desempleo; empleos temporales y poco remunerados), pueden conformar una nueva clase social (cuya identidad no vendría definida por su ocupación, sino por compartir sentimientos de ira e indignación). El precariado conformaría una clase heterogénea en la que tendrían cabida tanto jóvenes, que ven ante sí un panorama marcado por la falta de perspectivas laborales, como pensionistas, a los que les resulta cada vez más difícil llegar a fin de mes.

No obstante, parece que las élites (o, al menos, una parte de ellas) comienzan a ser conscientes de los límites de un modelo económico que crea una insostenible brecha social. Hace un mes, en un medio tan poco sospechoso de comulgar con las ideas progresistas, como es The Economist, se publicaba un informe especial sobre la economía mundial, en el que se llamaba la atención sobre el incremento de la desigualdad social y sobre la necesidad de afrontar este problema como “uno de los mayores desafíos sociales, económicos y políticos de nuestro tiempo”.

Es llamativo, por otra parte, que, nuevamente, sean las élites del poder económico, las que tomen la delantera a las élites del poder político, mostrando el camino a seguir (ahora, abogando por la corrección de la desigualdad social que genera el capitalismo des-regulado e híper-globalizado, con el fin de  evitar inestabilidades políticas, sociales y económicas que puedan poner en peligro ese modelo de capitalismo). Una corrección que, en Europa, pasaría por apostar por políticas de estímulo económico y por la reducción del déficit público en plazos de tiempo más “razonables” (o que, al menos, no conllevara el desmantelamiento del Estado de bienestar).

Un ejemplo claro de cómo han perdido peso las élites políticas durante esta crisis, lo tenemos en España. Resulta sorprendente que, aunque únicamente forzados por la presión mediática y social, el sector bancario haya “movido ficha” (con el anuncio de la aplicación de moratorias en las ejecuciones hipotecarias), antes de que los dos grandes partidos (también forzados por la presión mediática y social) hayan conseguido ponerse de acuerdo para hacer frente al drama de los desahucios. 

Listado de hipervínculos

- “La ceguera de nuestras élites”
http://economia.elpais.com/economia/2012/10/05/actualidad/1349426474_040683.html

- Informe especial sobre la economía mundial
http://www.economist.com/node/21564414

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