Esperando a François

Finalmente será el socialista François Hollande quien tomará el relevo de Nicolas Sarkozy al frente de la presidencia de la República Francesa, con el apoyo del 51,62% de los votantes y la legitimidad que otorga una participación del 81,5%.

Desde su puesto de Presidente de la República, Hollande ostentará la presidencia del Consejo de Ministros -con capacidad para nombrar al Primer Ministro, que ha de ser ratificado por la Asamblea-, la presidencia del Consejo Superior de la Magistratura y, como Jefe del Ejército, la presidencia de los Consejos y Comités Superiores de la Defensa Nacional. Tendrá también la facultad de nombrar embajadores, tres miembros del Consejo Institucional incluyendo a su presidente, de negociar y ratificar los tratados en nombre de Francia, así como de disolver la Asamblea, entre otros.

De momento, la llegada de Hollande al frente de la Presidencia Francesa viene legitimada por un buen precedente: unas primarias con un  mes de campaña, tres debates televisados y, en suma, discusiones cargadas de argumentos. Se ha favorecido así la participación de más de 2.800.000 personas, que han querido expresar su elección con el único requisito de pagar un euro y proclamar su adhesión a unos valores esenciales. En cierta manera, Hollande empezó a ganar las elecciones aproximándose en su proceso de elección al concepto de ciudadanía que describía Robespierre en La Republica de la Virtud: “El ciudadano no es tan sólo una mera comparsa que acata las leyes, sino que, además, es un elemento activo del Estado”. Participación ciudadana, al fin y al cabo; una actitud en las formas de hacer política que en los últimos tiempos se viene demandando con fuerza a las administraciones públicas y, fundamentalmente, a los partidos políticos.

 Sin embargo, el verdadero reto de Hollande –y, a la vez, su mayor valor- es el cambio de fuerzas que se puede dar en el tablero económico internacional. El candidato socialista, consciente de ello, ya avisa de que Francia no será un problema sino la solución. Es de relevancia para el contexto europeo que Hollande haya anunciado que pretende firmar un nuevo tratado bilateral con Alemania. Una variación en la relación franco-alemana puede generar un escenario que contrarreste a Angela Merkel, cuya receta propugna básicamente una mayor disciplina fiscal basada en el recorte. El socialista ha repetido en numerosas ocasiones su negativa a ratificar el Tratado de Estabilidad y su exigencia de ampliación de plazos para la  reducción del déficit. ¿Podría esto suponer un obstáculo al recorte indiscriminado que el Estado del Bienestar europeo está sufriendo en la actualidad? Hay razones para creerlo.

Por ello, como el propio Hollande ha sugerido en sus discursos de esta última semana, no se trataba solamente de unas elecciones francesas sino también de unas elecciones europeas. El resultado obtenido puede cambiar, efectivamente, el juego al más alto nivel. Podría incluso hacer posible, que, por fin, del Consejo Europeo de junio se obtengan  un conjunto de recomendaciones, no únicamente orientadas  al déficit, sino hacia los siguientes objetivos:

 – Concreción de un nuevo pacto de crecimiento e inversión, con una nueva política comercial europea contra el dumping social y medioambiental. La UE necesita mayores recursos propios para fomentar inversiones en bienes públicos europeos, resolver los problemas bancarios y moderar los desequilibrios de nuestra geografía económica.

El Banco Europeo de Inversiones y el presupuesto europeo deben ser los motores  de este pacto.

- Creación de eurobonos, con un mensaje claro por el federalismo y la posibilidad de una fiscalidad común. Según Jean-Claude Juncker, “los eurobonos permitirían mandar un mensaje rotundo a los mercados sobre nuestro compromiso político con la Unión Económica y Monetaria y sobre la irreversibilidad del euro.” Se trata pues de economía, pero también del cariz del proyecto político liderado por los estados europeos.

Estas pocas líneas suenan ya a nueva melodía para los oídos huérfanos de los europeos de izquierdas.

Se trata de evitar que, una vez más, el Consejo Europeo de junio represente el célebre final de la obra “Esperando a Godot” de Beckett:

Vladimir: Alors, on y va ?
Estragon: Allons-y.
Ils ne bougent pas.
Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?
Estragon: Sí, vámonos.
No se mueven.

Vicente Montávez
Economista y experto en políticas de la UE

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