La realidad y el PSOE

Negar la realidad es la mejor manera de acabar teniendo un encontronazo con ella, pues, por poco que nos guste, la realidad acaba imponiéndose. Esto no significa que no podamos transformarla, de acuerdo con nuestras convicciones, pero para ello lo primero que habrá que hacer es comprenderla en todas sus dimensiones.

No parece que fuera esto lo que, en un primer momento, hicieron algunos de los máximos responsables del PSOE tras la debacle de las pasadas elecciones generales, y eso que desde un principio no faltaron análisis acertados que les hubieran podido servir de inspiración, publicados en diversos medios de comunicación. Entre otros muchos, son muy recomendables, porque ponen el acento en cuestiones centrales y no meramente accesorias, los artículos publicados en el diario El País por Borja Suárez Corujo: 20-N o la necesidad de autocrítica (02.12.2011) y Joan Romero: El PSOE y su ‘exilio interior’ (08.12.2011).

Y es que cualquier análisis serio que se precie debe partir, en primer lugar, de un reconocimiento sincero de lo sucedido y, después, de una valoración ajustada de su alcance. Perder casi cuatro millones y medio de votos para un partido que obtuvo algo más de once millones en las anteriores elecciones generales solo puede ser caracterizado como una catástrofe (o sustantivo equivalente). Cualquier otra calificación más suave, como suele hacerse desde el “aparato” del partido, supone un eufemismo que, precisamente por ser tal, no hace sino disfrazar la realidad.

El paso siguiente pasa por comprender qué ha llevado a tantos votantes a negar su apoyo a la fuerza política a la que hace poco menos de cuatro años se lo habían dado. Y esa razón, aunque sea muy poderosa, no puede circunscribirse a una sola: la crisis económica internacional, que ha actuado como un “tsunami”, liquidando a todos los gobiernos (entiéndase partidos de gobierno) que han tenido que lidiar con ella. Nadie ignora que esa crisis, que con tanta virulencia ha golpeado a nuestra economía y, lo que es socialmente más doloroso, a nuestro mercado laboral, explica mucho de lo sucedido. Pero no puede justificarlo todo, siquiera sea porque las crisis no son “paisaje en la niebla” que se haya de contemplar desde el tren hasta que desaparezca. No, las crisis se han de gestionar. Y sin negar que es eso precisamente lo que ha hecho el Gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero, lo cierto es que el resultado de ese trabajo no ha sido bien valorado por los electores.

Pues bien, de ello también habrá que extraer algunas conclusiones que expliquen de manera convincente por qué no se actuó con más rapidez, cuáles fueron las causas de ciertas decisiones erróneas por erráticas y de otras acertadas aunque mal transmitidas a la opinión pública y publicada. Porque gobernar consiste, sobre todo, en marcar un rumbo cierto y seguirlo con coherencia, aunque ello implique tomar decisiones difíciles, que han de ser bien explicadas para que quien haya de aplicarlas o soportarlas lo pueda hacer con mayor convicción o predisposición.

El Gobierno no es una entidad abstracta de contornos difusos e inaprehensibles. El Gobierno se compone de personas que forman parte de él, responsables al máximo nivel de las decisiones que se toman, que deberían ser sobradamente competentes para ocupar tan alta magistratura. Que ello haya sido así, en todos los casos, durante estos últimos cuatro años es algo que también puede ser objeto de discusión. No se trata de personalizar en nadie, pues resultaría injusto centrar en una sola persona las responsabilidades que, por ser muchas y de muy diverso alcance, solo pueden corresponder al conjunto. Se trata, más bien, de ver si los equipos de trabajo han estado integrados siempre por personas bien preparadas o cualificadas. En definitiva, la cuestión es cómo se seleccionan las elites dirigentes en nuestro país y, en concreto, en este caso, dentro del PSOE.

Quienes hemos ocupado algún cargo en esos equipos de gobierno y dentro del propio partido, por más modestos que sean, que lo son, deberíamos saber que este tipo de cuestiones no son menores, de igual modo que tampoco deberíamos ignorar la importancia de la ‘autocrítica’ para no acabar viviendo un largo ‘exilio interior’.

El PSOE tiene por delante un congreso federal, dentro de pocos días, y unos cuantos años para repensar, por un lado, el contenido de su discurso ideológico y programático, y por el otro, su organización y funcionamiento internos. Si el congreso se cerrase con un mero nombramiento de nuevo secretario o secretaria general (y ejecutiva federal), creyendo que así quedarían solucionados todos los males que hasta el momento han aquejado al partido, es más que probable que éste, en las próximas citas electorales, acabe, de nuevo, dándose de bruces con la cruda realidad.

Y es que resulta ya más que preciso, urgente, revisar no solo los fundamentos programáticos de un partido político que se inscribe dentro del ámbito ideológico de la socialdemocracia, sino también las bases de su organización y funcionamiento, pues lo que nació en el siglo XIX con una determinada forma y evolucionó en el siglo XX con otra algo diferente, tiene que cambiar mucho en el siglo XXI si es que quiere seguir siendo un referente de representación social. Hoy por hoy ni esa organización ni ese funcionamiento del PSOE parece que animen a los mejor preparados, a los más cualificados, a los emprendedores comprometidos con la cosa pública, a participar en la vida interna del partido. Tales resistencias provienen, fundamentalmente, de las trabas que encuentran para hacer valer su voz por parte de quienes, tras años de luchas endogámicas, han acabado por alcanzar su cota de poder, su particular reino de taifa, en las ejecutivas locales, provinciales y regionales. ¿Hasta cuándo un partido político, en las democracias actuales, puede seguir prescindiendo de esos profesionales bien formados y altamente cualificados, y continuar subsistiendo con el trabajo de sus propios “funcionarios de promoción interna”?

La democracia, para ser auténtica, necesita, cada vez más, de apertura y participación, condiciones imprescindibles para que los liderazgos que de ahí surjan sean sólidos, al estar  basados en la competencia y el conocimiento. En el PSOE cada vez son más los que opinan así, aunque no sean precisamente los que más poder orgánico tienen. Pero todo puede cambiar, sobre todo, cuando la realidad avala la verdad de estos argumentos.

Resuelta la cuestión doméstica, habrá que dedicarse después a lo verdaderamente importante: repensar el contenido del discurso de la socialdemocracia en nuestro país, en Europa y, en general, en el mundo. Y, a este respecto, podremos discrepar sobre las medidas concretas a adoptar, pero será todo más sencillo si recordamos los grandes principios que han de orientar el pensamiento y la acción socialdemócratas: la justicia redistributiva, de modo que se aminoren las distancias entre quienes más y menos tienen; la remoción de los obstáculos que impiden que los que nacen desiguales en oportunidades puedan acabar acercándose, gracias a un sistema educativo público, universal y gratuito; la protección de los más vulnerables, mediante un sistema de salud y de seguridad social con coberturas suficientes; la garantía de los derechos individuales de todos, con independencia de cualquier circunstancia personal o social; el establecimiento de condiciones laborales dignas, desde un punto de vista económico y temporal; la reivindicación, en fin, de la política, ejercida por los legítimos representantes del pueblo, sobre la economía, consagrada como dios universal solo sometido a sus propias lógicas de costes y beneficios.

Estos son algunos de los retos. Si el PSOE está dispuesto a afrontarlos, renovando lo que sea preciso, algún día podrá volver a obtener la confianza mayoritaria de los ciudadanos para tratar de cumplir con los grandes objetivos socialdemócratas. Si, por el contrario, se encierra sobre sí mismo, practicando el lampedusiano ejercicio de cambiarlo todo (nombres, básicamente) para que nada (sustancial) cambie, con seguridad acabará comprobando que, otra vez, la realidad se impone a sus deseos.

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