Construcción Europea y Socialdemocracia

Nota para el debate:
Construcción Europea y Política Socialdemócrata

Introducción

La actual crisis del Euro y su resolución están convulsionando profundamente la política europea. Si es claro que el origen y las causas principales de la crisis residen en el modelo neoliberal que ha imperado en el mundo y en Europa en los últimos 30 años, también es evidente que los partidos socialdemócratas no se ha beneficiado electoralmente ni de la crisis del capitalismo financiero, ni del profundo apego al estado de bienestar de las sociedades europeas, cada vez más cuestionado desde bastiones neoliberales.

La pérdida del gobierno a manos de los conservadores en 24 de los 27 estados de la UE ha colocado a los partidos socialdemócratas a la defensiva, tanto en términos de poder político, como en la batalla ideológica. Además, desde las últimas elecciones europeas, las instituciones europeas están también dominadas por una mayoría de liberales y conservadores.

El socialismo democrático europeo se enfrenta así a un doble desafío: por un lado, recuperar la influencia y relevancia a nivel nacional; por otro elaborar una visión común de Europa, que tenga en cuenta consideraciones nacionales específicas, pero que establezca una narrativa ilusionante y transformadora con la que identificarse.

Construcción europea y socialdemocracia

En sus orígenes la antigua CEE fue claramente apoyada por las fuerzas socialdemócratas, como un proyecto político basado en la solidaridad, el interés mutuo y la soberanía compartida que vincularan estrechamente a los países europeos de tal manera que hicieran imposible una nueva guerra. La socialdemocracia continuó siendo un bastión de la integración europea a lo largo de las décadas. Fue un socialista francés, Jacques Delors, como Presidente de la Comisión Europea el que impulsó el proyecto del Mercado único europeo. Para los socialistas, el espacio económico europeo permitía abordar más eficientemente los problemas de monopolios, falta de competencia, o influencia excesiva ejercida por los poderes económicos a nivel nacional.

Con el tiempo, este relato histórico de la UE ha perdido valor para la socialdemocracia. Por un lado, para las nuevas generaciones la construcción europea ha dejado de ser el gran logro de posguerra y sus beneficios ya forman parte de la realidad cotidiana de los ciudadanos de la Unión.

Por otro lado, la velocidad y magnitud de las transformaciones en el mundo son mucho mayores de las que se pensaba hace treinta años cuando la ideología neoliberal comenzaba a dominar. Aunque la globalización de la economía ha implicado oportunidades para un número de países, notablemente las potencias emergentes, casi todos los gobiernos nacionales se sienten impotentes cuando los grandes problemas que afectan a sus ciudadanos quedan lejos de su alcance y requieren de intervenciones vigorosas y sostenidas a nivel global. Pero la reforma de las instituciones internacionales no ha estado, ni de lejos, a la par con los cambios que se requieren para mejorar la gobernanza mundial. Así, en los últimos 30 años, el porcentaje de los salarios sobre las rentas nacionales ha caído y las tasa de pobreza aumentado. La remuneración del trabajo está cada vez más desconectada de las ganancias de productividad, y la distribución del ingreso está cambiando, en detrimento de la mano de obra. Aunque la crisis ha exacerbado las desigualdades sociales en toda Europa, la polarización social es una tendencia que venía de antes.

Los partidos socialdemócratas no han sido capaces de evitar estos acontecimientos, en algunos casos incluso se observa que la desigualdad ha podido aumentar con partidos socialistas en el poder. Hasta recientemente, los socialistas no eran suficientemente conscientes de que el terreno de juego de la política ha superado el de los estados nación, y que por lo tanto, solo una verdadera agenda socialdemócrata europea tiene alguna posibilidad de éxito en transformar la sociedad. En los noventa, las propuestas de la Tercera Vía de Blair, o el Die Neue Mitte de Schroeder, basadas en mejoras de la competitividad y la eficiencia, acabaron por reducir los valores de la izquierda a meros principios de gestión técnico-económica, hasta hacerlos casi indiferenciables de la ideología neoliberal. El resultado de todo ello ha sido una perdida sostenida de apoyo para los partidos socialdemócratas que, pasados más de dos décadas de la caída del Muro de Berlín, no ha logrado reconstruir completamente un discurso unitario propio, que concilie de manera coherente y convincente la lucha por la igualdad y la justicia social, con la aceptación de los mecanismos del mercado en una economía globalizada.

La respuesta desde la UE a la crisis económica

Pese a algunos progresos federalistas, la UE se ha identificado cada vez más con la agenda neoliberal imperante. Si el pilar económico-financiero de la UE ha avanzando considerablemente, con el Euro como el auténtico símbolo de la unidad económica europea, no puede decirse lo mismo de la dimensión social, donde los avances en la integración y armonización no han ido al mismo ritmo. Las instancias comunitarias no han sido apenas freno para el capitalismo financiero más especulador, que al albur de la desregulación, ha tomado el control frente a la economía real productiva, con las consecuencias que todos conocemos. Esta evolución ha alejado a las instituciones europeas de los ciudadanos, que son cada vez más percibidas como lejanas y antidemocráticas o incluso como ¨caballos de Troya” al servicio de los fundamentalistas de mercado.

Se han acentuado así dos tendencias que ya estaban presentes en la Unión Europea a medida que la construcción europea iba avanzando. De un lado, la desconfianza ciudadana respecto a los poderes financieros; de otro, la desafección hacia la política y los políticos. Gran parte de la ciudadanía europea, especialmente entre los círculos de centro-izquierda, considera que la crisis actual se debe, en última instancia, al abandono del terreno de juego por parte de la política, y más concretamente a la falta de control democrático de la economía, a manos de los mercados. Y cuando los ciudadanos se vuelven escépticos respecto a las posibilidades de la política de cambiar el estatus quo, suele ser la izquierda la que sale perdiendo. Desde esta perspectiva, las instituciones Europeas, muchas de ellas escasamente democráticas, como el BCE, visibilizan más que nadie el mensajero que impone las duras condiciones de los mercados.

La crisis del Euro ha sido pues aprovechada para impulsar un modelo de gobierno económico europeo que responde en gran medida a una visión ideológica muy concreta, emanada del país más poderoso. La imposición de una ¨Europa alemana¨, basada en la austeridad fiscal y la obsesión anti-inflacionaria, con los enormes costes asociados en términos de recesión y destrucción de empleo, no solo aumenta el euroescepticismo y el populismo, sino que diluye algunos de sus rasgos más queridos por la socialdemocracia, como el de la solidaridad.

En efecto, a principios de los 90, la eliminación de las barreras comerciales y la creación del mercado interior se construyeron sobre un gran pacto, en el que los fondos de cohesión y estructurales tomaban un papel relevante para compensar por el enorme ajuste económico que implicaba la apertura de los mercados en los países menos competitivos. A diferencia de entonces, la incipiente gobernanza económica del Euro que se dicta desde Berlin carece de ese pacto, pues Alemania se niega a aceptar nuevos mecanismos de solidaridad, como los eurobonos, el tesoro europeo o un mayor presupuesto financiado con impuestos comunitarios, y exige que el ajuste recaiga únicamente sobre los países endeudados.

Una renovada agenda Europea socialdemócrata

En estos tiempos, el pesimismo y el miedo se han extendido por toda Europa y a su sombra brotan con cada vez más frecuencia los movimientos populistas antisistema y los neo-nacionalistas de tintes xenófobos. Los partidos de derecha han sido capaces de moverse rápido y ocupar el centro del espacio político, combinando su crítica tradicional al multiculturalismo y la inmigración, con un mensaje económico tan efectivo como maniqueo; solo hay una salida a la crisis, que pasa por el ajuste y la austeridad para las clases medias, y las reformas siempre en la misma dirección: más mercado, menos regulación. A los temerosos ciudadanos se les calma con soluciones técnicas, diseñadas por expertos tecnócratas que son supuestamente los únicos con capacidad y credibilidad para estabilizar a los mercados financieros. Si la simplicidad del slogan conservador les es tremendamente beneficiosa en tiempos de turbulencias, no es menos cierto que la imagen de incompetencia económica, sea o no real, ha sido devastadora para la socialdemocracia.

En este contexto, el dilema para los socialdemócratas es tan claro, como difícil: más Europa, sin duda, pero ¿qué tipo de Europa?. Las últimas decisiones tomadas en diciembre han embarcado a la zona euro en una dirección difícilmente digerible para los socialdemócratas. Los gobiernos y las instituciones europeas se encuentran controladas por los conservadores. A ello se une la enorme heterogeneidad de la Unión, que aumenta con cada ronda de ampliaciones, donde el significado de la pertenencia a Europa es muy diferente para un polaco, que para un español o un danés. Pero las cosas pueden cambiar en poco tiempo. En Francia los sondeos dan la ventaja al PSF para las presidenciales de 2012. En Alemania, cada vez más voces muestran su descontento por el rumbo europeo tomado por Merkel. Recientemente, el memorable discurso del excanciller Helmut Smith en el congreso del SPD, nos recuerda que existe otra sociedad alemana muy alejada de los planteamientos intransigentes de su gobierno. Con una dirección renovada los socialdemócratas alemanes podrían recuperar el poder en 2013.  O sea, en dos años, el dúo que dirige Europa podría perder las elecciones, ofreciendo a la socialdemocracia una nueva, quizás la última oportunidad para recuperar el poder y restablecer un nuevo rumbo para la UE. Pero hay que aprender de los errores pasados.

La historia reciente nos muestra que cuando los socialistas se han limitado simplemente a gestionar la economía, a pelear por mejoras marginales del reparto de las riquezas capitalistas, abandonando sus verdadero leiv motiv; la transformación social para el progreso y la justicia social, ha sido duramente castigada por los electores. Por lo tanto, para que el socialismo democrático vuelva a ser la fuerza que encarna los valores de progreso económico y social en el viejo continente, será necesario formular una renovada propuesta de construcción europea que conlleve una profundización radical de los mecanismos democráticos comunitarios, y restablezca el pacto solidario entre países, entre ciudadanos y entre generaciones, acompañado de un programa coherente y convincente de salida de la crisis diferente a la dominante en el que la política reine sobre los poderes financieros; y ambos pilares anclados en una visión decididamente optimista del futuro, que se anteponga a la ideología del miedo imperante.

En definitiva, la vía más efectiva para recuperar la confianza de los ciudadanos, en realidad la única vía posible para al socialismo democrático, pasa pues por una agenda común y un mensaje unívoco que dirigido por el Partido Socialista Europeo resuene potente desde Lisboa hasta Helsinki.

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