Europa y la Socialdemocracia

La Europa de posguerra se cimentó sobre un “Compromiso de Clases” que institucionalizó los conflictos inherentes entre propiedad privada y derechos sociales. Hoy ese Compromiso está seriamente debilitado, entre otras cosas, por la propia debilidad política, ideología y organizativa de la socialdemocracia en el nuevo contexto de la globalización.

La Europa de hoy es el fiel reflejo de esta debilidad. Definir la actual UE como un proyecto netamente liberal sería exagerado. Pero no lo sería tanto decir que la Europa del Tratado de Lisboa es el resultado político de la lógica de Maastricht y los fundamentos ideológicos en los que se inspiró: “primero el mercado”. Desde entonces, se ha priorizado la consolidación económica sobre la política, y hoy, a pesar de significativos avances, la gobernanza europea sigue incompleta lo que dificulta el avance federal, la consolidación social y la potenciación internacional de Europa como valedora de un modelo de globalización más redistributivo.

Mientras el mundo se hace más y más global, la UE sigue siendo un club de naciones incapaces de dar respuesta a nuestra creciente insignificancia internacional. Esto debilita el poder global de la UE en un mundo cada vez más desregulado y desigual y refuerza la idea de que no hay alternativa a este modelo de globalización.

La gobernanza económica sigue incompleta con una UE sin apenas capacidad para generar recursos propios, con 27 políticas fiscales apenas coordinadas y un Banco Central mucho más esmerado en contener la inflación y el déficit que en animar el crecimiento.

Las politicas puestas en marcha en estos últimos 30 años para superar la “esclerosis” europea han producido una clara asimetría en favor de politicas que promueven la expansión del mercado sobre las que promueven la corrección del mismo. Las politicas “dinamizadoras” y “”modernizadoras” del Estado de Bienestar propuestas por la UE han buscado aproximar los modelos sociales continentales a los más residuales de tipo anglo-sajón, aunque a menudo se invocasen los modelos escandinavos.

En el orden político, el proceso de toma de decisiones, altamente restringido a intereses nacionales y lobbies privados, se ha convertido en una compleja amalgama de espacios de negociación entre Estados cuyo principal beneficiario es el sistema financiero. Esto ha consolidado un creciente desequilibrio de poder entre inversores y no inversores que se expresa en la opción austeridad adoptada por la UE para hacer frente a la crisis.

En este contexto las dificultades de la socialdemocracia inspirada en “la vía Blair” son enormes. Su principal aportación tangible a la construcción europea en estas últimas décadas, la Estrategia de Lisboa, presentada como el contrapunto social a los Pactos de Estabilidad y Crecimiento, ha resultado ser económicamente secundaria y políticamente insignificante. Y tampoco ha habido un plan claro para oponer un modelo de globalización distinta, más allá de las apelaciones retoricas a la cooperación y la solidaridad.

Con propuestas más interesadas en la gestión que en la transformación, convencidos de la superioridad tecnica del mercado y decididos a convertir el Estado redistribuidor en Estado dinamizador la socialdemocracia ha ido perdiendo a sus votantes. Ya no hay gobiernos socialdemócratas en la UE. Sin un “Compromiso” que exigir y sin instrumentos alternativos que oponer sólo quedan matices, por muy importantes que estos sean.

Y mientras esto le pasaba a la socialdemocracia, hemos visto con cierta sorpresa ingenua que el capitalismo financiero, lejos de debilitarse, se ha ido consolidando y haciendo más especulador de crisis en crisis. Primero fue la crisis de deuda asiática, luego la de México, la de las  .com, la inmobiliaria, la financiera, la de deuda soberana, y si nada ni nadie lo remedia, pronto serán las pensiones y la sanidad. Como puede ser que la crisis refuerce a quienes las desencadenan? Es esto lo que la socialdemocracia se empeña en defender y gestionar?

La Europa de la Unión Económica y Monetaria y el Tratado de Lisboa parecen no dar más de si. Les falta un proyecto político que además del Mercado Único profundice en la dimensión federal, social y exterior del proyecto europeo. Una Europa que “hacia dentro” complete y consolide su gobernanza política y económica y “hacia fuera” se convierta en un actor global con una sola voz capaz de defender su modelo de Crecimiento Distributivo.

Podría ser una nueva “razón de ser” para la Socialdemocracia. Un proyecto desde el que liderar la demanda de un nuevo “Compromiso” que compense el creciente desequilibrio entre acumulación y desigualdad, pero añadiendo la perspectiva global. Desde una Europa Unida será más fácil regular el sistema financiero y establecer una Tasa Tobin, erradicar los Paraísos Fiscales, defender un Pacto Mundial por el Empleo, apoyar la Agenda de Empleo Digno, vincular crecimiento y redistribución, cumplir con los Objetivos del Milenio.

Estas propuestas están detalladas en abundantes informes producidos en think-tanks progresistas, lo que pone de manifiesto que el problema no es de ideas, sino de voluntad política para impulsarlas. Ahora el PSOE tiene una gran oportunidad de repensarse en el momento más crítico de su historia reciente. Sería un grave error que no hubiese primarias, que no se abriese la puerta a votantes y simpatizantes, que no se escuchasen otras voces de fuera del partido, que solo hubiese dos candidatos, que no se mirase con atención lo que ocurre fuera de los cauces políticos institucionales, que no entrase nuevos equipos a dirigir el partido.  Seria decepcionante que no pasase nada.

Un pensamiento en “Europa y la Socialdemocracia

  1. ¿SOBREVIVIRÁ LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA A ESTA CRISIS?

    El 6 de diciembre de 1923 ocurrió al fin lo que hacía tiempo se estaba preparando. El antaño todopoderoso Partido Liberal británico fue derrotado en las elecciones a la Cámara de los Comunes superado por algo más de 130.000 votos por el Partido Laborista. Había ocurrido. Los liberales ya no estaban en primera línea de la política. Eran los terceros, lo que en el sistema electoral británico –que busca el bipartidismo- supone la muerte.

    Habían sido superados por un cambio social irresistible y muy veloz. Si en el S. XIX los liberales gobernaron el Imperio Británico con hombres tan ilustres como Palmerston o Gladstone, a principios del XX fueron barridos por un partido Laborista en auge y en sintonía con los nuevos tiempos.

    La Primera Guerra Mundial lo había cambiado todo. Las democracias burguesas, que solamente permitían una participación política elitista que impedía la participación de los trabajadores, había tenido que transformarse en una democracia de masas. Era el justo premio a la sangre que la clase trabajadora había vertido en las trincheras. Como dijo Max Weber, había que compensar este sufrimiento en el Parlamento. Y con millones de obreros votando por primera vez había llegado el momento de la socialdemocracia, un momento que se consolidó tras la siguiente guerra, mucho más terrible, a partir de 1945.

    También en Francia e incluso en la vencida Alemania los poderosos partidos socialdemócratas se convirtieron en pilares del Estado en la época de entreguerras, convirtiéndose en los referentes de las políticas progresistas frente a las conservadoras. Los liberales, que antes de la guerra defendían ciertas políticas de progreso y sobre todo un sistema económico sin intervención alguna, habían sido barridos del mapa. Los horrores de la guerra habían acelerado el cambio en las sociedades y las políticas liberales parecían obsoletas, propias de otros tiempos.

    Casi un siglo después son los partidos socialdemócratas los que parecen obsoletos y propios de otros tiempos. La crisis financiera de 2008 ha dado paso a una crisis económica brutal que está poniendo a prueba la existencia de la Unión Europea y, sobre todo, la existencia del estado social, mal llamado estado del bienestar.

    Este es el mayor logro histórico de la socialdemocracia, introducir la justicia social por ley y que durante casi tres generaciones las personas disfrutaran de la certeza de que la cobertura de los servicios básicos por el Estado era un derecho que no corría peligro. Sin embargo, cada día que la crisis sigue viva y mientras aumenta la cifra de desempleados, este sistema se ve arrastrado cada vez más al borde del abismo.

    Los conservadores, que desde los años 70-80 se adueñaron del discurso económico liberal gracias a la Escuela de Chicago, llevan años preparando a los ciudadanos para el fin del estado social. Dicen que no es viable, que no hay dinero, que el gratis total no existe. Pero callan que este colapso económico es consecuencia de la aplicación de sus dogmas económicos. Este desastre es el que ha provocado los actuales índices de paro, y con millones de desempleados –es decir, con millones de cotizantes menos que pasan a recibir dinero del Estado en concepto de prestación social- efectivamente es muy difícil mantener los servicios públicos como se ha hecho hasta el momento. La consecuencia es el déficit y la deuda, y el colapso del sistema.

    Pero la socialdemocracia está paralizada. Sus ideas no han provocado esta crisis que puede matar a este movimiento político, pero no hay apenas resistencia al actual cambio social provocado por la crisis y que le ha costado millones de votos a los socialistas europeos. Su discurso es defensivo, si acaso, denunciando las políticas de la derecha. O peor, se aplican las políticas y recetas dictadas por los conservadores destruyendo la credibilidad de los partidos socialdemócratas. Nada que movilice al electorado, más bien lo contrario.

    Los ciudadanos claman con fuerza por una reacción firme y una respuesta convincente y clara a la crisis, pero los partidos socialistas están mudos. Son como los liberales de principios del S. XX, que no pudieron adaptarse al nuevo siglo y a los cambios traumáticos que llegaron con él.

    A principios del S. XXI los tiempos también están cambiando de manera traumática –aunque sin guerras hasta el momento- y los socialdemócratas no se están adaptando a ellos. Continúan aferrados a la defensa de un sistema de protección social que, hoy por hoy, resulta casi imposible de financiar. Y no porque no existan recursos, sino porque éstos están controlados por sectores hostiles al estado social.

    Los llamados mercados -especuladores, multinacionales, agencias de calificación, entidades financieras, etc.- penalizan a los gobiernos socialistas hasta tal punto que hacen imposible la aplicación de sus políticas. Han hurtado al Estado su soberanía y actúan como agentes globales motivados por intereses puramente egoístas, sin ningún tipo de compromiso social a no ser que se entienda como tal percibir a los ciudadanos como meros consumidores.

    Los mercados son hoy para los socialistas lo que los obreros para los liberales hace cien años. Han cambiado los escenarios. El Estado nacional, marco tradicional de aplicación del estado social, está muriendo por momentos. El sindicalismo basado en los obreros especializados ha dejado de ser realista en un panorama laboral de precariedad y desempleo. Y una oposición exclusivamente institucional-nacional a la acción de los nuevos actores globales es inútil.

    Los partidos socialdemócratas deben cambiar si quieren sobrevivir. Deben ser cambios profundos. Hay que pasar de la defensiva a la ofensiva, elaborando un nuevo ideario propio de los tiempos actuales. Pensar y actuar de forma global. Y sobre todo, apostar por los ciudadanos y la libertad, una palabra que los conservadores se han apropiado y que hay que recuperar.

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