El PSOE lleva un año y medio en la oposición, tras una derrota electoral que le dejó muy tocado, con grietas internas, sin un plan de actuación definido y, en consecuencia, muy expuesto a críticas desde uno y otro lado, a su derecha y a su izquierda. No debería quejarse por ello: es lo que debe esperar un partido que aspira a gobernar y que, desde la oposición, sigue siendo la referencia para millones de ciudadanos y ciudadanas, a los que ha defraudado en época aún tan reciente.
Se ha reprochado a este partido en esta etapa su pasividad y su incapacidad para articular propuestas a la altura que exige la situación de emergencia que vivimos. Y con razón. Sin embargo, un mínimo de ecuanimidad y análisis debe concluir que sí ha elaborado algunas propuestas alternativas de interés; aunque menores o con escaso éxito. Muchas veces, porque la bondad de la iniciativa se ha diluido con su concreción, o porque ha confundido disposición al pacto con tibieza de sus planteamientos, en un escenario que exige nitidez y vigor, y en el que las medias tintas se castigan sin contemplaciones. Otras veces se han perdido por falta de eco en los medios, por errores de comunicación, o por la irrelevancia que se concede a las iniciativas parlamentarias en nuestro país, máxime en un contexto de mayoría absoluta del partido en el gobierno, que ejerce de rodillo sin rubor. Ha faltado, en todo caso, un relato que unificara todas las propuestas y diera forma a un programa alternativo potente, coherente y realista, que pusiera aún más en evidencia que el camino que sigue el Gobierno del Partido Popular es interesado, injusto e ineficiente, una tragedia para todos los ciudadanos, de consecuencias difícilmente reparables en el medio y largo plazo.




